Periodismo Indeleble
Un letrero dice que llegamos a Cloete.
Que solo basta doblar a la derecha rumbo al panteón y bordear sus gigantes tajos de carbón abandonados,
Cloete. Una Villa. Un ejido. Un pueblo. Un apellido. Una fecha.
Una historia conectada a un torpedo lanzado desde un submarino alemán que provocaría el hundimiento del Lusitania, un enorme y lujoso transatlántico en el que viajaba William Broderick Cloete, el fundador de este sitio.

Es 7 de mayo de 1915.
A bordo del Lusitania, que había zarpado de un muelle en Nueva York rumbo a Liverpool, Inglaterra, también viajaban 1959 personas.
William Broderick Cloete era un inglés amante de los caballos y fascinado con la minería y el carbón en México.
El inglés había comprado a principios de siglo la Hacienda San José, cerca de la junta de los ríos Álamos y Sabinas en Coahuila.

El torpedo hundiría al Lusitania en menos de 25 minutos frente a las costas irlandesas.
Más de mil 198 pasajeros, entre ellos 94 niños y bebés morirían.
El cuerpo de William nunca sería encontrado.
Su compañía The New Sabinas, fundada en 1900 daría origen a las minas y población de San José, un pueblo de carbón que al enterarse de su muerte, decidió ponerle a este ejido el nombre del británico.
San José de Cloete, se llamaría de ahora en adelante este lugar amurallado por profundos hoyos de carbón.
Un letrero sencillo anuncia que hemos llegado a Cloete. Basta doblar a la derecha rumbo al panteón y bordear sus gigantes tajos de carbón abandonados. Cloete. Una Villa. Un ejido. Un pueblo. Un apellido. Una fecha. Una historia que comienza con un torpedo lanzado desde un submarino alemán el 7 de mayo de 1915 y que, en menos de veinticinco minutos, hundió al Lusitania frente a las costas irlandesas. Entre los mil ciento noventa y ocho pasajeros que murieron aquel día viajaba William Broderick Cloete, un inglés fascinado por los caballos y por la minería del carbón en México. Su cuerpo nunca fue encontrado. Su compañía, The New Sabinas, fundada a principios de siglo, había comprado la Hacienda San José cerca de la junta de los ríos Álamos y Sabinas en Coahuila. Al enterarse de su muerte, el pueblo de carbón que él había impulsado decidió llevar su nombre. San José de Cloete. Así se llamaría desde entonces este lugar amurallado por profundos hoyos abiertos en la tierra.

Yo, que solo miraba con ojos de niño, caminaba bordeando esos tajos como quien camina junto a una herida antigua que aún no ha decidido cicatrizar. La tierra aquí parece haberse fracturado hace cien años y no haber vuelto a juntarse. Mientras el planeta habla de descarbonización y regeneración, en la Cuenca Minera Sabinas el tiempo se detuvo como si la fiebre del carbón hubiera dejado algo más que socavones: una forma de estar en el mundo que se niega a transformarse. Insatisfechos. Inquietos por el metaverso pero incapaces de mirarnos a los ojos para comprendernos y mejorarnos. Cloete, o la Villa de Cloete como la llaman los más viejos, parece un punto que podría trazarse sobre la superficie de Marte: un paisaje que respira con agonía mientras el resto del mundo sigue calentándose.

Unos trescientos metros más abajo, desde una loma maloliente donde el cadáver de un perro quedó convertido en estampa, Aida Almanza, una de las fundadoras de Cloete Unido, recuerda la lucha que dieron a principios de año cuando descubrieron que una recicladora de basura irregular se aprovechaba de las más de ocho toneladas de desechos que se tiraban en uno de los tajos sin ningún tratamiento. El tajo se resquebraja y las grietas liberan los gases. María de Monserrat González, Maruca, trotadora incansable de estos tajos y una de las principales opositoras a la contaminación, nos conduce hacia las entrañas de uno de ellos.
Habían sido atardeceres rojos con legiones de moscas zumbando sobre las casas. Millones de ellas revoloteando entre el humo de los incendios que prendían las montañas de basura esparcidas. Los gases de la descomposición avivaban el fuego. De noche, esas llamas eran el recordatorio de que en Cloete la fiebre del carbón también trajo el olvido y la enfermedad. Primero hurgaron hasta encontrar el manto. Hicieron túneles y cuevas raspando en todos los rincones. Después se marcharon, dejando todo el daño posible y extrayendo toda la riqueza posible.
Pensaba en cómo este lugar sigue siendo una herida abierta que el mundo prefiere no ver. Mientras la humanidad se jacta de reinventarse, aquí el tiempo se quedó atrapado entre los escombros de carbón.
Diez mujeres decidieron no seguir mirando hacia otro lado. Se plantaron frente al gigante. Cloete Unido. Un recordatorio de que, incluso cuando todo parece perdido, hay quienes eligen custodiar lo que otros abandonaron. No sé si entenderé del todo lo que significa vivir sobre una tierra que aún cruje. Solo sé que, al borde de estos tajos, algo antiguo sigue respirando y pidiendo que alguien, al menos, se detenga a escucharlo.
Bienvenidos quienes quieran mirar con otros ojos. Bienvenidos quienes deseen caminar, aunque sea un rato, junto a las grietas que el olvido no ha logrado cerrar. Cloete está ahí, amurallada por tajos que aún respiran, esperando.


Deja un comentario