la locura de ARTURO, el guardián DE LA ETERNIDAD

Llegué a Arturo a través de Silvana. Ella fue el puente tejido con hilos de ceiba, mar, sal, amor y expansión. Una sanadora que no señala el camino, sino que lo abre como quien separa suavemente las ramas para que entre la luz. Desde la selva densa que abraza Akalki, el aire ya traía ese olor verde y antiguo que solo tienen los lugares donde la vida todavía se permite ser espesa y sin disculpas. La tormenta apenas se aproximaba. El cielo en el horizonte se oscurecía con lentitud, como si aún dudara si valía la pena romperse o simplemente pasar de largo. El viento movía las palmas con pereza, cargando el rumor lejano de un trueno que todavía no había decidido llegar.

Bajo la palapa, justo donde la laguna lame la orilla, Arturo Arroyo esperaba. Veinticinco años sin moverse de este lugar. Casi setenta de haber vivido. Es una piedra viva que decidió no disolverse. Este lugar lleva en su suelo las huellas de muchos corazones mayas, de la sabiduría ancestral que habita en las abuelas, en las sanadoras, en los hombres que hablan con la selva y la cuidan como a una hermana mayor. Akalki está tejida con ese hilo invisible que también une a la comunidad de Divorciados, donde existe un lazo profundo de reciprocidad y memoria compartida. Yo, que solo escuchaba y miraba con ojos de niño, no pretendía entenderlo todo. Solo sentía que algo antiguo y al mismo tiempo nuevo respiraba allí.

Mientras él hablaba, mi pensamiento se alejaba y regresaba como el agua que sube y baja con la marea invisible. Pensaba en cómo este lugar —selva que aprieta, agua que refleja, viento que amenaza sin cumplir todavía— obliga a quien llega a quitarse las máscaras que afuera se venden como “éxito”. Arturo no ha levantado un imperio. Ha permanecido en uno con raíces mayas. Y en esa permanencia hay una forma de sabiduría antigua y al mismo tiempo radical: la de negarse a ser arena, a dejarse arrastrar por la corriente de “más”, “más rápido”, “más arriba”, aunque todo el circo social aplauda cada escalón que subes.

Me contó, sin dramatismo, el territorio que dejó atrás. Las estructuras piramidales que se repiten en empresas, gobiernos, religiones y familias como si fueran la única forma posible de organizar la vida sin que todo se derrumbe. Las vio desde dentro. Vio cómo el poder se vuelve el narcótico más adictivo que existe: te das un poco de control sobre otros y ya no puedes dejar de necesitar la siguiente dosis, aunque sepas que te está envenenando por dentro. Vio las distancias obscenas entre quien apenas sobrevive y quien decide el destino de muchos. Y un día hizo lo que pocos se atreven: salió. No hacia otra pirámide más amable, sino hacia una forma circular, plana, donde no hay jefes que exigen obediencia por miedo, sino líderes que empoderan porque entienden que la obediencia barata siempre termina costando caro a todos. En Akalki quiso demostrar que otra manera de estar juntos es posible. Y lo sigue demostrando, día tras día, contra la corriente de un mundo que insiste en que las jerarquías son “naturales” y que quien no sube es porque no sirve.

Yo monologaba por dentro mientras el cielo se ponía más pesado: ¿Y si la verdadera locura no es quedarse aquí, sino seguir subiendo escalones que sabemos que se derrumban solos? ¿Y si el acto más radical hoy no es rebelarse con ruido, sino negarse a seguir fingiendo que el viejo teatro —ascensos, aprobaciones ajenas, estatus medido en lo que los demás aplauden— sigue teniendo sentido?

Arturo se llama loco a sí mismo. Lo dice con esa tranquilidad de quien ya no necesita que lo entiendan para seguir adelante. Porque solo un loco se atrevería a intentar una transformación que trascienda lo personal desde un punto tan pequeño del mapa. Solo un loco se quedaría veinticinco años cuando la mayoría viene, siente algo que le remueve las entrañas, y se va a seguir jugando el mismo juego de siempre. Él es la piedra que no se movió. Y desde esa permanencia emana algo que se pega a quien lo recibe. En el fuego eterno, en la meditación, en la simple caminata entre árboles y agua. Tarda lo que tarda en impregnar, pero llega el día en que quien visitó ya no puede volver a recitar el guion antiguo sin que le suene falso. El lenguaje cambia. Como si uno saliera de Akalki ya incapaz de seguir fingiendo que el viejo teatro le sirve.

Arturo hablaba de la decisión de no repetir el mismo patrón de poder piramidal, de no seguir la tradición que le habían marcado como si fuera destino escrito en piedra.

En cambio, eligió descubrir su propia pasión y vivir desde ahí. Y hoy, cuando sus hijas lo abrazan, el abrazo es distinto. Ya no es solo cariño de hija. Es el reconocimiento de que él rompió algo para que ellas pudieran respirar más libre. Él decía que muchas personas siguen haciendo en la vida lo que estudiaron, lo que les dijeron que “se les daba bien”, lo que el abuelo o el padre habían hecho antes, sin nunca preguntarse dónde realmente se realiza su corazón. Y que el verdadero acto de amor es atreverse a salir de esa rueda para dedicarse a lo que te toca el alma.

Mientras hablaba de esto, yo pensaba en cómo la selva misma parece enseñar esa lección: cada árbol que crece torcido lo hace buscando la luz, no repitiendo la forma del que tiene al lado. Arturo ha convertido esa enseñanza en carne. Hoy su mayor ocupación, decía, es convertirse en un corazón con pies, en amor perfecto. No conformarse con amar a las personas y a las cosas, sino volverse él mismo amor. Porque cuando eso sucede, desaparece el enojo que no sirve, el berrinche que envenena, el celo que separa, la competencia que destruye, el juicio que encarcela. Cuando se es amor, todo fluye en armonía y siempre hay compasión, para el otro y para uno mismo. Y donde hay amor verdadero, nace primero la paz interior y después la paz exterior. Él observaba cómo tantos países siguen desbaratándose por ambición de territorio, de petróleo, de litio, de lo que sea, como si la separación entre humanos fuera real. “Todos estamos hechos de lo mismo —decía—. No debería haber tal separación.”

La tormenta apenas se aproximaba. El viento traía olor a lluvia lejana. La selva alrededor parecía contener la respiración, como si también estuviera esperando a ver qué decidía el cielo. Este lugar, tejido con la memoria de muchos corazones mayas y con el lazo que lo une a la comunidad de Divorciados, decidió hace tiempo no convertirse en otra cosa que no fuera un espacio de transformación. No en resort que borra la memoria de la selva, ni en negocio que traiciona el espíritu que lo habita. En algo que se niega a ser arena.

Me habló también de las cuatro señoras que vinieron a festejar el Día de las Madres. Nunca habían hecho yoga. Una sola vez, quizás. Pero dijeron que sí. Y al terminar la clase, una de ellas —con los ojos distintos— soltó que su cuerpo se sentía diferente, que este lugar con este ambiente había generado un cambio real, y que quería repetirlo mañana. Se inscribieron a todo. A veces la transformación no llega con grandes discursos. Llega con un cuerpo que, por primera vez en mucho tiempo, se siente en paz. Y entonces la voluntad aparece sola. Porque cuando algo te hace bien de verdad, ya no necesitas que te convenzan. Quieres más medicina.

Casi al final leí en voz alta lo que había escrito días antes. La pregunta estaba mal hecha desde el principio. Las cosas verdaderamente antiguas no piden que las sueltes ni que te quedes. Las piedras vivas de esta laguna llevan tres mil quinientos millones de años sin esperar nada a cambio. No saben su nombre. No saben cuánto valen. Y sin embargo Arturo decidió entregar los años que le quedaban custodiando la orilla de esa eternidad. Quizás eso sea la locura. O quizás sea lo único cuerdo que nos queda: querer algo más grande que uno mismo, algo que no te va a devolver el favor, algo que seguirá siendo hermoso mucho después de que tu nombre desaparezca del agua.

Yo, que solo escuchaba y miraba con ojos de niño, no sé si entiendo del todo lo que aquí sucede. Solo sé que algo se mueve cuando uno se detiene el tiempo suficiente para dejar que la selva, la laguna y las piedras hablen. No sé si Arturo tenía razón. El tiempo lo dirá. Y nosotros probablemente ya no estaremos para oírlo. Pero me fui sabiendo que el mundo se sostiene, en el fondo, sobre quienes deciden permanecer cuidando lo que casi nadie cuida todavía. Sobre los locos de un solo lugar. Sobre las piedras que, sin pedir permiso, siguen respirando oxígeno para todos.

La tormenta seguía decidiendo si romperse o no cuando nos despedimos. El agua de la laguna conservaba sus colores. Arturo se quedó allí, bajo la palapa, como una piedra más que había elegido no disolverse. Yo me fui con la certeza de haber sido tocado. Y con la sospecha —incómoda, hermosa, necesaria— de que, si algún día regreso, ya no podré seguir fingiendo que el viejo guion me sirve.

Bienvenidos quienes quieran ser tocados. Bienvenidos quienes deseen entrar en esta locura que construye. Akalki está ahí, al borde de lo que no se acaba, esperando.

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