Majo Mezcal

«Dedicado al Majo y su lente por la que el mundo se ve más sincero, más humano, más eterno.»

Darío Dávila

Oaxaca, 2006. En cada rincón se respiraba el olor terroso de un pueblo levantado, el aroma de humo de copal y de tamales recién hervidos, el polvo espeso de calles desgastadas por la rabia y el sudor. Era el año en que la APPO había hecho temblar las entrañas del Estado, y Miguel Sierra y yo éramos sólo dos sombras más entre el tumulto de periodistas que se agolpaban en las esquinas, esperando que la historia les saltara encima.

Habíamos llegado al hotel con las mochilas a medio caer, las camisas empapadas en sudor, y la cabeza llena de imágenes y sonidos que aún rebotaban en el cráneo. En la recepción, un murmullo continuo de colegas tecleando, revisando tomas, murmurando teorías sobre lo que sería la próxima gran portada. Pero Miguel, con su calma natural, parecía pertenecer a un mundo aparte. Siempre tenía ese aire de que no había prisa, como si el tiempo le debiera más a él que al revés. «Descarga primero, luego hablamos», me dijo, mientras se acomodaba en una silla.

Mientras Miguel trabajaba en silencio, yo observaba a la multitud de lentes y chalecos colmados de cámaras. De vez en cuando, levantaba la mirada para lanzar un comentario afilado, casi siempre impregnado de una sabiduría que parecía venir de otro tiempo, otro ritmo. «¿Te diste cuenta cómo esa señora le dio las gracias al maestro? Miguel tenía la mirada precisa, el don de ver más allá de lo evidente, como si sus ojos perforaran la superficie de la realidad y escarbaran en las raíces ocultas de las cosas.

Miguel SIerra, «Majo Mezcal» en algún lugar de la sultana.

La tarde avanzaba lenta, entre el sonido de las teclas y el zumbido lejano de helicópteros. En Oaxaca, la vida se siente distinta, cada esquina tiene un alma. Las calles llenas de mantas, los grafitis que reclamaban justicia en cada muro, las barricadas hechas con lo que hubiera a mano. Pero también estaban los mercados, el chocolate amargo, el pan de yema, y ese mezcal bendito que purifica la garganta y el espíritu.

De noche, cuando las calles se teñían de sombras, salíamos a caminar, con los ojos y los oídos bien abiertos. Miguel siempre llevaba su cámara lista, como un cazador esperando pacientemente a su presa. Pero no sólo buscaba el momento perfecto; buscaba la esencia, aquello que no se puede capturar con palabras. A veces se detenía a hablar con los vecinos, a escuchar sus historias de lucha. «Aquí todo se siente más fuerte, ¿no crees?», decía, con esa sonrisa tranquila que siempre llevaba consigo. Yo asentía, porque en Oaxaca todo golpea más hondo: la esperanza, la tristeza, la resistencia.

Pasábamos por las barricadas iluminadas por la tenue luz de fogatas. A lo lejos, se escuchaban cánticos, y de pronto, un petardo rompía el aire, haciendo que los perros ladraran en coro. Pero Miguel no se inmutaba. «La verdadera historia está en los detalles, en lo que la mayoría no ve», solía repetir. Y tenía razón. En cada esquina, en cada gesto, había algo que contar, algo que descifrar.

Miguel Sierra era más que un periodista, era un cronista de almas, un fotógrafo de verdades. Podía capturar el dolor y la dignidad de un pueblo en una sola imagen, pero también sabía ser compañero, humano.  Siempre tenía tiempo para un mezcal en la esquina, para escuchar, para compartir. En aquel hotel abarrotado, mientras esperábamos que «saltara la liebre», entendí que el verdadero Majo Mezcal era él. No sólo por la profundidad de sus ojos, que parecían siempre ahumados, como si llevara la esencia misma de Oaxaca en sus pupilas, sino porque como el mezcal, Miguel tenía capas, sabores que iban desde la crudeza más pura hasta la dulzura más inesperada.

En cada sorbo, en cada palabra suya, uno se daba cuenta de que había algo sagrado en su manera de existir, de observar, de hacer de cada historia un ritual. «La liebre siempre salta cuando menos lo esperas», me dijo esa noche, y como siempre, tuvo razón. Al día siguiente, estábamos en medio de una marcha, cámaras en mano, cubriendo la historia de un pueblo que se negaba a rendirse.

Y ahí estaba Miguel, el Majo Mezcal, caminando a mi lado como si no existiera un final del mundo, sólo historias por contar.

Antes de partir, ¿por qué voy a creer yo en el amor?

https://www.youtube.com/watch?v=uPQDsiwbxcw

 

Deja un comentario

subscribe to my blog

Descubre más desde Periodismo Indeleble

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo