Estoy en la yurta. Es medianoche.
La tela se mueve con el viento que sube desde la laguna. Afuera los monos gritan y saltan entre los árboles, sus voces suben y bajan como si la noche misma estuviera contando historias que nadie recuerda. Animales que nunca había oído emiten sonidos largos y extraños, silbidos que parecen nacer de gargantas nacidas antes del lenguaje. Y los mosquitos atacan en escuadrón: zumban en círculos cerrados, me rozan la piel, me pican los brazos y la cara, pequeños mensajeros de carne que la oscuridad no deja olvidar.
En medio de este coro salvaje mi memoria regresa al día de hoy, cuando partimos con el capitán Jean Guiet en la embarcación solar eléctrica.
Partimos cuando la laguna mostraba todo su color.
El agua ya no era un espejo oscuro. Era un ser vivo que desplegaba todos sus matices: verdes profundos que se tornaban esmeralda donde la luz penetraba, azules que contenían el cielo entero y, en las orillas, un dorado antiguo que parecía la sangre misma de la tierra milenaria. La embarcación solar eléctrica se deslizaba sin ruido, los paneles captando la luz como alas transparentes. No contaminaba el sueño del agua. Corría limpia, alimentada por el sol, como si el propio viaje fuera ya un acto de respeto.
Jean Guiet detuvo la embarcación en medio de esa paleta viva. El motor eléctrico calló sin sonido. Flotamos en un silencio total. Y entonces dijo, con la voz baja de quien entrega algo que no se puede poseer:
—Mi tiempo es tu tiempo.
La frase se hundió en el agua de colores y resurgió más clara. Mientras flotábamos sobre esa laguna que mostraba todo lo que era, escuché lo que realmente decía. No era una promesa. Era un acto de conciencia.
El agua es el espejo que no miente: te devuelve exactamente lo que traes.
El tiempo que compartimos aquí es el único que nadie puede robar.
Estar presente es morir al pasado y al futuro para nacer, de nuevo, en este instante que nunca se repite.
La laguna antigua nos enseñaba sin palabras: el alma no viaja en línea recta. Viaja en círculos que siempre regresan al ahora. Y ofrecer presencia es el acto más alquímico que existe: transforma el plomo pesado de la distracción en el oro puro de la conexión verdadera.
Entonces entendí la frase verdadera:
Estoy aquí.
Estoy aquí para escucharte sin mirar el reloj.
Estoy aquí para compartir el camino sin intentar dirigirlo.
Estoy aquí sin urgencia, sin cálculo, sin prisa.
Porque en esa embarcación solar eléctrica, sobre la laguna que mostraba todos sus colores, supe que quizá la forma más alta del amor no sea prometer eternidades. Quizá sea ofrecer presencia.
Esa presencia me tocó el corazón.

No fue un latido más fuerte. Fue una apertura lenta, como si algo que llevaba años cerrado empezara a ceder. Un calor distinto se expandió dentro del pecho. El corazón latió más ancho, más lento, más consciente de sí mismo.
Esa presencia cruzó mi alma.
Atravesó las capas de prisa acumulada, de planes, de “después”, de “tengo que”. Las atravesó y las dejó transparentes. Dejó solo la certeza de que el único tiempo real es este instante compartido.
Y esa presencia modificó mi ser.
No fue un cambio que se pueda medir. Fue un reacomodo profundo, como si el agua milenaria y la luz limpia de la embarcación hubieran entrado por los ojos y reescrito la forma en que percibo el ahora. El tiempo ya no es una cadena que hay que arrastrar. Es un aliento que se puede compartir sin desperdicio.
Regresé a Akalki con esa certeza dentro del pecho.
Y ahora, aquí en la yurta a medianoche, mientras los monos gritan, los animales desconocidos emiten sus sonidos antiguos y los mosquitos atacan en escuadrón, entiendo que la lección no terminó en la embarcación solar eléctrica.
Sigue aquí.
En esta oscuridad ruidosa y viva.
En estos pinchazos que me obligan a permanecer en el cuerpo.
En estos gritos que parecen recordarme que la vida sigue su curso salvaje aunque yo haya encontrado un silencio interior.
Incluso ahora, con todo esto alrededor, puedo decirlo y sentirlo de verdad:
Estoy aquí.
No porque la noche sea cómoda.
Sino porque la presencia que Jean Guiet me regaló cuando la laguna mostraba todo su color, a bordo de esa embarcación que corría limpia con la luz del sol, es más fuerte que los mosquitos, más profunda que los gritos de los monos, más antigua que cualquier ruido que la oscuridad pueda inventar.
Y eso, en esta yurta a medianoche, es lo que modifica mi ser para siempre.


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