En esta noche eterna busco un resto de mi sol El mundo que recuerdo, vida a vida como todo, se apagó Pensar que pude haber salvado Quise ser Gulliver y nunca fui Gulliver…
Y grito herido ¡no! Un no que estalla en mil pedazos Un no que cae en el olvido Inútil, pequeño y perdido…
Quise ser Gulliver.- Miguel Bosé
Darío Indeleble
Vengo de un futuro donde la humanidad se fracturó en simulacros perfectos, un mundo hiperreal donde los niños ya no sabían relacionarse con otros cuerpos vivos, solo con pantallas que nunca los abandonaban, nunca los rechazaban y nunca se cansaban de ellos.
Llegué aquí como un residuo, un eco tardío de un tiempo en el que los oficios artesanales murieron de inanición cultural porque las manos jóvenes solo aprendieron a deslizar y pellizcar. Vivo en un futuro donde los niños dejaron de sentir porque descubrieron que el videojuego era más fiable, más justo y menos doloroso que la vida. El sufrimiento se volvió opcional, la frustración un error de diseño, el aburrimiento una afrenta al progreso.
En ese mañana, los padres eran presencias intermitentes, cargados de baches emocionales y culturales profundos que transmitieron como herencia venenosa. Ausentes aunque a veces presentes, emocionalmente irresponsables bajo la máscara de estar “ocupados” o “proveyendo”. La tableta no destruyó nada por sí sola; simplemente ocupó el hueco gigantesco que dejaron al creer que el vínculo se podía externalizar, delegar y optimizar como cualquier otra app.
En mi futuro, los hombres no se fueron de casa. Se fueron del alma de sus hijos sin mover un pie. Desaparecieron estando sentados en el mismo sofá, escondidos detrás del trabajo “para darles todo”, de los proyectos “para asegurar su futuro”, de las salidas “para desconectar”, de las series interminables y de la excusa convertida en religión: “estoy cansado”.

El modelo de paternidad que triunfó fue devastadoramente simple y eficiente: «tener, proveer, poseer». Ese era el padre exitoso. El que podía mostrar facturas, transferencias, camionetas último modelo, colegiaturas privadas y consolas de última generación. Proveían todo menos lo único que realmente configura un ser humano: presencia sostenida, mirada profunda, contención corporal, límites claros con la voz y el pecho, y la transmisión de lo que significa ser hombre más allá del saldo bancario.
Se creyeron generosos porque “nunca les faltó nada”. Pero les faltó todo. Les faltó el padre que se queda cuando el niño tiene miedo por la noche. Les faltó el que enseña con las manos callosas que el mundo no se reinicia. Les faltó el que abraza fuerte cuando duele y que dice “no” aunque duela. Ese vacío con forma exacta de hombre se volvió un agujero negro que succionaba toda posibilidad de autoestima profunda, de seguridad interna y de capacidad para habitar el conflicto real.
Las madres, solas o casi solas, tuvieron que hincharse hasta casi reventar para cubrir dos, tres, diez roles. Muchas terminaron agotadas, endurecidas o convertidas en madres digitales que, sin quererlo, terminaban delegando el resto del alma al aparato. Y la pantalla, cruelmente perfecta, se volvió el padre que nunca fallaba: siempre respondía, siempre entretenía, nunca se frustraba, nunca se iba.
Ese abandono no fue un error. Fue el modelo cultural triunfante. El padre proveedor era celebrado, admirado, validado. El padre presente era visto como poco ambicioso. Y así, generación tras generación, se criaron huérfanos con casa y comida, niños y niñas ricos en objetos y pobres hasta los huesos en identidad sana. Huérfanos que luego repetirían el mismo patrón, porque nadie les enseñó otro.
De ese abandono y de esos úteros digitales nacieron los niños y niñas zombies. Criados y optimizados para liderar, para mandar, para dominar estructuras externas, pero completamente incapacitados para transformar donde realmente importaba: la estructura moral, el territorio propio, el carácter profundo y la capacidad de habitar su propia humanidad.
Los niños fueron entrenados para ser ejecutivos brillantes, influencers poderosos, emprendedores fríos y eficientes. Sus cerebros estaban cableados para optimizar, escalar, competir y ganar. Pero eran incapaces de sostener una mirada honesta consigo mismos, de reconocer su propio vacío, de habitar el dolor ajeno sin intentar resolverlo con un hack o un filtro.
Líderes sin raíz. Mandaban sobre equipos pero no sabían gobernar su propia alma. Gobernaban empresas y algoritmos, pero su territorio interno era un desierto gobernado por impulsos y dopamina. La estructura moral —esa que solo se forja en el aburrimiento, en el fracaso no editado, en la espera, en el roce real con otros humanos— nunca se desarrolló. Solo quedó la estructura externa: títulos, followers, métricas y poder.
Las niñas, por su parte, crecieron frente a una nueva religión silenciosa: el algoritmo de la belleza. Aprendieron demasiado pronto que existir no bastaba. Había que ser vistas. Amplificadas. Sus madres ya les habían enseñado, a veces sin palabras, que la aprobación moral era un alimento y que el hambre emocional podía medirse en likes.
Pero en algún punto se fracturó algo más profundo: dejaron de sentirse únicas.
Olvidaron que no nace para competir por atención, sino para habitar la extrañeza irrepetible de ser ellas mismas.
Y entonces comenzaron a editarse. El rostro. La voz. El cuerpo. La risa. El alma. Todo debía parecer consumible. Todo debía ser aceptado por una máquina incapaz de comprender la belleza humana real.
Porque el algoritmo no premia la autenticidad. Premia lo que retiene ojos. Y así crecieron niñas convencidas de que su valor dependía de cuánto detenían el pulgar de un desconocido en una pantalla.
Cuando en realidad la verdadera suficiencia nace mucho antes. Nace en la conciencia feroz de saberse un ser irrepetible. Extraordinario. No por perfecto. No por deseado. No por viral. Sino por portar una historia, una sensibilidad y una energía que jamás volverán a existir de la misma forma en toda la humanidad.
La tragedia moderna no es que las niñas quieran ser bellas.La tragedia es que olvidaron que ya lo eran antes de pedir permiso al algoritmo.
Se entrenaron para curar su imagen, editar su voz, perfeccionar su cuerpo digital antes que habitar su cuerpo real. Buscaban ser deseadas por un sistema que nunca las abrazaría, que nunca las contendría cuando sangraran por dentro. Se volvieron expertas en proyectar perfección mientras su interior se desmoronaba en silencio.
Tanto niños como niñas fueron criados para conquistar el mundo externo, pero eran incapaces de conquistar su propia alma. Por fuera parecían imponentes, seguros, radiantes. Por dentro eran frágiles, huecos, aterrorizados ante cualquier silencio que no pudieran llenar con contenido. Criados para brillar, pero muertos por dentro. Criados para dominar, pero esclavos de sus propias pantallas.
Y luego estaban los abuelos. Portadores de una sabiduría antigua, hecha de callos, silencios largos, historias contadas al calor del fuego, paciencia forjada en décadas de escasez y esfuerzo real.
Ellos intentaron transmitir lo esencial: cómo se soporta el dolor sin huir, cómo se construye con las manos, cómo se mira a los ojos aunque duela, cómo se colabora aunque no sea cómodo, cómo la verdadera libertad nace de la disciplina interior y no de la ausencia de límites.
Pero fueron rebasados. Completamente arrollados por una generación que llegó con el instructivo incorporado de la nueva tiranía: la tiranía de la ausencia de colaboración. “Yo solo”, “yo rápido”, “yo ahora”, “yo sin esfuerzo”, “yo sin tolerar lo incómodo”.
Traían en sus pequeños cuerpos el software de la desconexión inmediata: bloquea, reporta, cancela, cambia de servidor, no soportes lo que no te gusta al instante.
La sabiduría de los abuelos —lenta, corporal, relacional, profunda— se volvió obsoleta, primitiva, incómoda. “Abuelito, qué lento”, decían mientras deslizaban el dedo. Las historias de esfuerzo y resiliencia eran interrumpidas por notificaciones. Los consejos de paciencia eran respondidos con “ya me salió en el feed”.
Los abuelos, que cargaron guerras, crisis y pobreza en carne propia, fueron vistos como reliquias sentimentales, como carga emocional. Su sabiduría fue archivada en un museo virtual y olvidada.
Y así, la cadena se rompió de forma brutal. La última generación que aún sabía habitar la realidad sin intermediarios fue silenciada por niños y niñas que ya venían programados para rechazar todo lo que requiriera tiempo, roce, humildad o colaboración verdadera.
Lejos, muy lejos, donde las torres de señal apenas alcanzaban como susurros débiles y el cielo aún pertenecía a las estrellas, sobrevivió algo distinto. En los ranchos y en las sierras, la maternidad y la paternidad conservaron una densidad casi sagrada, no por romanticismo ni por superioridad moral, sino por pura necesidad de la tierra. Allí la vida no permitía simulacros. Había que tocar la realidad con las manos, sudar con ella, esperarla, fallarle y repararla una y otra vez.
Las madres no necesitaban demostrar una autosuficiencia radical ante el mundo; la vida compartida, dura y hermosa, hacía imposible esa ilusión. Los padres, aunque ausentes a ratos por el campo, el ganado o el mercado lejano, regresaban con un cuerpo presente: cansado, calloso, oloroso a tierra y a esfuerzo, pero real. Un cuerpo que podía cargar, abrazar, corregir y bendecir.
Los niños de esos lugares crecieron anclados en la vida verdadera. Aprendieron que el hambre se sacia con esfuerzo propio y paciencia. Que el miedo se calma con presencia física y no con distracción. Que la alegría más profunda nace del logro tangible: ordeñar una vaca al amanecer, construir un corral con el abuelo, ver brotar la milpa que uno mismo ayudó a sembrar.
Sus manos se volvieron hábiles y sabias. Sus ojos aprendieron a mirar sin prisa, a leer el clima en las nubes, el estado de ánimo en el rostro de otro. Sus corazones desarrollaron la rara capacidad de tolerar el silencio, porque ese silencio estaba vivo: lleno de viento entre los pinos, del canto de los pájaros, del crepitar del fuego y de los ciclos implacables de la naturaleza.
No era un paraíso. La vida en el rancho era dura, a veces cruel. Había pobreza, accidentes, enfermedades sin hospital cerca, abandonos y duelos que había que cargar sin anestesia digital. Pero era una crudeza honesta, transparente, sin filtros. Un vacío que no se disimulaba con contenido infinito, sino que se llenaba con comunidad, con rituales ancestrales, con el calor compartido de los cuerpos alrededor del fogón. Allí todavía se sabía lo que significa criar seres humanos completos: con raíces profundas en la tierra y alas capaces de soñar sin desconectarse de lo real.
Irónicamente, fueron estos niños —los que menos tenían según los estándares del mundo digital— los que conservaron más. Cuando el gran sistema de simulacros colapsó, cuando las pantallas se apagaron y la energía falló, ellos supieron hacer fuego, cultivar comida, consolar a otro sin palabras prefabricadas, mirar a los ojos y reconstruir. Supieron ser humanos de nuevo.
En mi futuro, la victoria de lo falso fue casi absoluta en las capas urbanas y aspiracionales. Las maternidades habían probado que podían prescindir de lo paterno, pero a costa de prescindir también de lo profundamente humano. Las paternidades del tener y del poseer acumularon objetos y ausencias, creyendo que el vacío se llenaba con cosas y estatus.
Los niños y niñas, excepto en los rincones más alejados, crecieron como copias baratas: simulacros con ojos que ya no veían lo real, manos que solo sabían deslizar, emociones que solo se encendían ante estímulos programados. La mayor desolación no era la pobreza de dinero, sino la pobreza del alma: seres que habitaban copias de vida, criados por copias de padres.
Cuando el gran sistema de mentiras digitales falló —apagones masivos, colapsos de servidores, escasez de energía—, solo quedaron expuestos los huecos inmensos. Unos sabían estar con el silencio y con el otro. Otros solo sabían buscar frenéticamente una pantalla que ya no existía.
Vengo de ese lugar de ruinas emocionales. Un futuro donde el mayor engaño no fue tecnológico, sino profundamente humano: la creencia de que se podía criar personas completas sin presencia completa, sin contacto real sostenido, sin el peso del otro en la ecuación. Un futuro donde las madres demostraron su independencia radical, los padres convirtieron la paternidad en un ejercicio de tener y poseer, y entre ambos, los niños y niñas dejaron de ser. Dejaron de sentir. Dejaron de habitar sus propios cuerpos.
Solo quedó el deslizar infinito en mundos que nunca fueron suyos.


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