Monterrey tiene la mala costumbre de correr. Corre para llegar al trabajo, para cerrar un negocio, para alcanzar el siguiente semáforo, para ganarle al tráfico, para demostrar que siempre se puede producir un poco más. A veces pienso que esta ciudad no duerme porque le da miedo perder el tiempo. Lo curioso es que, entre tanta prisa, existen personas que parecen haber hecho un pacto con el reloj para dejarlo descansar.
Una de ellas se llama Manuel Salazar Chavarría.
Muchos lo conocen como el Tecateman. A mí siempre me ha parecido injusto que una ciudad recuerde primero el apodo que el nombre. Los apodos sirven para hacer famoso a alguien; los nombres sirven para reconocer que existe.
Cada vez que paso por la Plaza Morelos lo busco casi por instinto. Ahí está. Como si el tiempo hubiera decidido rodearlo en lugar de atravesarlo. Sentado junto a su bicicleta cubierta de latas de cerveza Tecate, con ese sombrero imposible que parece una pequeña escultura hecha de aluminio y paciencia. A sus 82 años, Manuel no pelea contra el calor. Convive con él. Mientras Monterrey se derrite bajo casi cuarenta grados y la gente corre buscando un pedazo de sombra o un aire acondicionado, él permanece en la misma banca, saludando a quien quiera detenerse cinco segundos para devolverle una sonrisa.
Nunca he sabido quién observa a quién.

Si nosotros a Manuel.
O Manuel a esta ciudad que lleva décadas intentando convencerse de que vale por lo que produce.
Hay algo profundamente digno en su manera de ocupar el espacio. No pide permiso para existir. Tampoco parece estar enojado con el mundo. Está ahí, con su bicicleta, sus latas, sus bolsas, sus pocas pertenencias y una calma que resulta casi ofensiva para una ciudad que convirtió la prisa en virtud.
Saludo a Manuel y sigo caminando.
A unas cuadras, el Centro vuelve a ser Monterrey. Los cláxones comienzan su concierto desafinado. Los vendedores ofrecen de todo. El olor a carne asada se mezcla con el del asfalto caliente. Un repartidor se juega la vida entre dos camiones. Un aficionado con la camiseta de Tigres discute con otro de Rayados como si el destino del universo dependiera del resultado del próximo clásico. Aquí el futbol dejó hace mucho de ser un deporte. Es una religión donde los himnos sustituyen a los salmos y el estadio funciona como una catedral donde miles de personas encuentran, por noventa minutos, una razón compartida para creer.
No es casualidad que el Mundial llegue aquí.
Más bien parece que Monterrey llevaba décadas ensayándolo.
Fue Mundial más norteño del planeta. Llegaron personas de países donde quizá nunca hayan visto un cabrito al pastor, pero descubrieron muy pronto que en esta ciudad una carnita asada puede convertirse en tratado diplomático, que la palabra «ahorita» significa cualquier cosa menos ahora y que siempre habrá alguien dispuesto a recomendarte una ruta para evitar el tráfico… aunque el tráfico ya haya encontrado otra manera de alcanzarte.
Sigo caminando y aparece una de esas bardas de Acción Poética que llevan años dialogando con la ciudad. Dice: «Estamos a nada de serlo todo.»
Me detengo.
Esa frase siempre me ha parecido profundamente regia.
Porque sólo una ciudad como Monterrey puede escribir una declaración de esperanza mientras, a unos metros, miles de personas permanecen atrapadas en un embotellamiento que parece no tener fin. Estamos a nada de serlo todo. A nada de cerrar el negocio. A nada de comprar la casa. A nada de cambiar el coche. A nada de ser felices. Siempre a nada.
Y quizá ese sea nuestro problema.
Vivimos instalados en el «casi».
Entonces llego al pie del Cerro de la Silla para encontrarme con Maricarmen Franco.
La montaña domina el paisaje con una elegancia que ninguna torre de cristal ha podido copiar. No necesita demostrar su altura. No publica fotografías de sí misma. No presume cuántas personas la admiran. Lleva millones de años haciendo exactamente lo mismo: permanecer.
Tal vez por eso era el lugar correcto para tener una conversación sobre la conciencia.
Mientras los autos seguían avanzando como una procesión de metal y desesperación, Maricarmen empezó a hablar del «punto de poder». No se refería al dinero ni al éxito ni a esa obsesión moderna por convertirse en la mejor versión de uno mismo. Hablaba de algo mucho más incómodo: del instante en que dejamos de culpar al mundo por todo lo que nos pasa.
De pronto entendí que Manuel, la barda de Acción Poética, el Cerro de la Silla y aquella conversación no eran historias distintas.
Eran la misma historia contada con distintos acentos.
Manuel me recordaba que una persona vale mucho más que el personaje que la ciudad inventa sobre ella.
La montaña repetía, sin abrir la boca, que la fuerza no hace ruido.
La barda insistía en que siempre creemos estar a un paso de vivir de verdad.
Y Maricarmen terminaba la idea con una pregunta que todavía no logro responder: ¿cuántas veces hemos entregado nuestra vida a las circunstancias sólo para no aceptar que la decisión seguía siendo nuestra?
Regresé pensando que Monterrey está lleno de maestros que nadie reconoce como tales. Uno lleva un sombrero hecho de latas. Otro está pintado sobre una pared blanca. Otro tiene forma de montaña. Y una mujer, sentada frente a ellos, me recordó que la conciencia no sirve para escapar del mundo. Sirve para volver a él sin seguir cargando el mismo peso.


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