Préstame tus ojos Mario

La primera vez que vi a Mario Escobar no estaba parado frente a una multitud ni rodeado por el enjambre de micrófonos que más tarde aprendería a perseguirlo como si el dolor fuera una fuente inagotable de declaraciones. No estaba pronunciando frases destinadas a convertirse en titulares ni sosteniendo una conferencia improvisada para responder preguntas que ni siquiera él podía contestar. La primera vez que lo vi estaba de pie sobre un lote baldío frente al motel donde la historia de su hija se había convertido en un agujero capaz de tragarse la tranquilidad de medio país, y lo que más me sorprendió no fue su tristeza, porque la tristeza era evidente, sino la forma en que parecía haberse fundido con la búsqueda misma, como si hubiera dejado de ser un hombre para convertirse en una pregunta caminando.

La noche había caído desde hacía horas sobre aquella franja polvorienta de Nuevo León y el paisaje tenía esa cualidad incómoda de los lugares donde no debería estar ocurriendo nada importante. Había maleza reseca, basura atrapada entre los matorrales, postes de luz que iluminaban apenas lo suficiente para volver más inquietante la oscuridad y un viento terco que empujaba polvo de un lado a otro como si quisiera borrar las huellas de todo lo que había sucedido. Del otro lado se levantaba la estructura anodina del motel. Nada en él parecía merecer la atención nacional que estaba recibiendo. Era uno de esos sitios que millones de personas habrían ignorado durante toda su vida si una tragedia no hubiera decidido instalarse ahí. Sin embargo, bastaba permanecer unos minutos frente a él para sentir que el edificio había dejado de ser un edificio y se había convertido en un símbolo, en una especie de altar involuntario donde la incertidumbre acudía a rezar cada noche.

Mario observaba aquel lugar con una intensidad que me hizo comprender algo de inmediato: él ya no veía lo mismo que nosotros. Mientras periodistas, funcionarios y curiosos observábamos coordenadas, videos, trayectorias y evidencias, él contemplaba otra cosa. Veía a su hija. La veía caminando. La veía respirando. La veía perdida. La veía regresando. La veía donde nadie más podía verla porque el amor tiene una capacidad extraordinaria para desafiar las fronteras de la lógica y construir presencias incluso en medio de la ausencia.

Recuerdo que en aquellos días comenzaba a instalarse una narrativa equivocada sobre la búsqueda. Desde la comodidad de las redes sociales muchos imaginaban grandes operativos en las montañas, recorridos épicos por los cerros, escenas cinematográficas de helicópteros explorando paisajes inmensos. La realidad era infinitamente menos espectacular y mucho más dolorosa.

Mario no perseguía postales. Mario perseguía posibilidades. Sus rutas no estaban dictadas por la estética sino por la desesperación. Lo mismo podía terminar revisando un pozo abandonado que internándose en una brecha olvidada por el tiempo, preguntando en comunidades alejadas, recorriendo municipios vecinos o siguiendo pistas tan improbables que cualquier investigador racional habría descartado en cuestión de minutos. Pero los padres no trabajan con los mismos criterios que los investigadores. Los padres no pueden darse el lujo de descartar nada.

Aquella diferencia fue quizá la lección más profunda que me dejó conocerlo. Los especialistas administran probabilidades; los padres administran esperanza. Y la esperanza es un combustible extraño porque sigue funcionando incluso cuando todas las señales indican que debería haberse agotado. Mientras las autoridades evaluaban escenarios, mientras los comentaristas construían hipótesis y mientras el país entero comenzaba a dividirse entre teorías enfrentadas, Mario seguía avanzando con la obstinación de quien sabe que detenerse equivaldría a aceptar una realidad para la cual todavía no estaba preparado.

Había algo casi antiguo en esa búsqueda. Algo que me recordaba a los relatos más viejos de la humanidad. Mucho antes de que existieran las fiscalías, los protocolos, los drones, las cámaras de vigilancia o las conferencias de prensa, los seres humanos ya salían a buscar a quienes amaban. Ya recorrían caminos imposibles. Ya preguntaban por desconocidos. Ya se negaban a aceptar la desaparición como un hecho consumado. Lo que yo veía aquella noche frente al motel no era únicamente un caso mediático. Era una escena primitiva. Un padre enfrentándose al vacío con las únicas herramientas que le quedaban: sus piernas, su memoria y su voluntad.

Por momentos las cámaras se acercaban. Los reporteros aparecían y desaparecían. Los vehículos oficiales entraban y salían. Las luces intermitentes de las patrullas coloreaban brevemente la oscuridad antes de desaparecer otra vez. Todo aquello componía una especie de teatro involuntario alrededor de una tragedia que se negaba a obedecer los tiempos de la televisión. Porque la televisión necesita desenlaces. Necesita declaraciones. Necesita momentos culminantes. El dolor, en cambio, funciona de otra manera. El dolor se instala. Se sienta. Permanece. Respira junto a ti. Te acompaña a dormir y despierta contigo al día siguiente.

Mientras observaba a Mario caminar de un lado a otro del terreno, comprendí que estaba presenciando algo mucho más incómodo que una investigación. Estaba observando el derrumbe de una confianza colectiva. Porque cuando una joven desaparece no desaparece solamente una persona. También desaparece la ilusión de seguridad de miles de familias que observan la historia desde lejos. Desaparece la sensación de control. Desaparece la certeza de que las instituciones siempre llegarán a tiempo. Desaparece la convicción de que ciertas tragedias pertenecen únicamente a las noticias.

Y quizá por eso el país entero terminó viéndose reflejado en aquella búsqueda. Porque en Mario Escobar no observábamos únicamente a un padre. Observábamos una versión extrema de nuestras propias fragilidades. Lo veíamos recorrer caminos donde nadie quería estar y entendíamos que cualquiera de nosotros podría terminar haciendo exactamente lo mismo. Lo escuchábamos insistir cuando otros comenzaban a rendirse y descubríamos que el amor posee una resistencia que las estadísticas jamás podrán calcular.

El viento seguía cruzando el lote baldío aquella noche. Las luces del motel continuaban encendidas. Los periodistas seguíamos haciendo preguntas. Las autoridades seguían prometiendo respuestas. Pero debajo de todo aquel ruido existía una verdad mucho más simple y mucho más poderosa. Un hombre buscaba a su hija. Nada más. Nada menos. Y mientras lo observaba comprendí que la historia no trataba realmente sobre desapariciones, investigaciones o errores institucionales. Trataba sobre la capacidad humana para seguir avanzando cuando el mundo se ha fracturado por completo.

Años después sigo recordando aquel terreno vacío. No por el motel. No por las cámaras. No por los funcionarios. Lo recuerdo porque fue ahí donde entendí que la esperanza no es una emoción. Es un acto de rebeldía. Y pocas veces he visto a alguien rebelarse con tanta terquedad contra la oscuridad como aquel hombre que, frente a un lote baldío perdido en Nuevo León, seguía negándose a dejar de buscar a su hija.

(Darío Dávila/Periodista)

Mario Escobar, papá de Debanhi en los primeros días de búsqueda. (Foto: Darío Dávila)

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