El Último Avión del Narco

Rumbo al norte o al infierno, nadie preguntó si había regreso.

Por Darío Dávila

La madrugada estaba hecha de un silencio espeso, de esos que ni los grillos se atreven aa romper, y en el hangar de la FGR un avión Hércules esperaba con las fauces abiertas. Dentro, las bancas de acero alineadas parecían bancas de iglesia para un culto secreto, y los hombres que iban a ocuparlas tenían la mirada de quien ya ha enterrado más vidas de las que recuerda.

Uno por uno fueron subiendo, esposados, con los chalecos antibalas que les prestaba el Estado para protegerlos de sus propios fantasmas. El sargento que cortaba el paso tenía la costumbre de hacer chistes sin tocar la risa y dijo, a media voz, que aquello parecía la fila de un palenque donde nadie canta; el custodio joven que apenas aprendía a distinguir apodos de nombres preguntó si alguno salía en Netflix, y el sargento, con paciencia de cardiólogo, contestó que todos, pero no del modo que la gente cree.

El primero en cruzar la escalerilla fue el viejo jaguar de Badiraguato, barba domada, paso lento, esa calma que no es resignación sino una forma de medir al mundo, como quien calcula la distancia exacta entre su nombre y la leyenda. Detrás subió Miguel Ángel Treviño, el Z40, ojos de cuchillo sin funda y la quietud en el andar de quien aprendió a mandar a otros a matar; un poco más atrás, casi repitiendo el gesto, su hermano Omar, el Z42, heredero de una disciplina de hierro nacida en caminos de terracería, radios clandestinos y plazas convertidas en aduanas del miedo.

El Viceroy, Vicente Carrillo Fuentes, pasó con el apellido acomodado en los hombros como un gabán demasiado caro para una madrugada así; respiró un segundo, miró el fuselaje y quizá vio, como quien ve a los muertos, la estela del Señor de los Cielos perdiéndose en el ruido del motor. Luego caminó Antonio Oseguera, Tony Montana, hermano menor del Mencho, sin la arrogancia de los jóvenes ni la fatiga de los vencidos, con esa economía de gestos de los que pasaron demasiadas noches haciendo cuentas y esperando llamadas.

La rampa vibró bajo las botas de José Ángel Canobbio, el Güerito, operador de finanzas y seguridad para los hijos de Guzmán, que desde 2002 aprendió que el dinero huele distinto cuando cruza la sierra; y a unos pasos, como si la ironía hubiera pedido asiento, subió Norberto Valencia, Socialitos, el lavador de los Beltrán Leyva, con la sonrisa puesta por dentro, como quien ha sobrevivido a demasiadas reuniones donde el “sí” puede ser más peligroso que el “no”. Lucio Hernández Lechuga, el Lucky, fundador de Los Zetas, subió despacio, como si cada escalón fuera un acto de despedida; José Alberto García Vilano, la Kena, Ciclón 19 del Golfo, cargaba la brisa de Matamoros pegada a la chaqueta, el salitre tatuado para no olvidar de dónde venía; Evaristo Cruz, el Vaquero, habría podido saludar por nombre y apellido a un par de funcionarios municipales si aquel viaje hubiera sido a una oficina y no a un avión de destino marcado.

Los soldados cerraron filas y el hangar olió a queroseno y café recalentado. Nadie habló. Si hubieran hablado, habría salido el corrido completo: que la Kena conocía el precio del miedo en dólares y en sudor; que el Vaquero entendía mejor que nadie la contabilidad doble de un ayuntamiento; que el Lucky aún contaba ductos en la cabeza; que Socialitos oía los pasos de los auditores cuando el piano del lobby dejaba de sonar.

Adentro, el avión vibraba con un zumbido grave, y allí, suspendida la noche entre tierra y aire, la historia empezó a caminar hacia atrás: el polvo no olía siempre a plomo, hubo un tiempo en que olía a siembra; los hombres que ahora bajan la vista fueron muchachos que creyeron que el futuro se medía en hectáreas y no en años de cárcel; de ese tiempo brotaron corridos que hablaban de polvo blanco como si fuera pan bendito, rutas que abrían huellas desde Tamaulipas hasta Texas, y nombres que la memoria engrasó hasta dejarlos nuevos.

El avión se tragó la pista con el ronquido grave de una bestia vieja. Desde la ventanilla se podía dibujar el país como un mapa de heridas que no han cerrado: las aristas de Sinaloa con su sierra en forma de promesa, la franja nerviosa de Tamaulipas donde la noche tiene más turnos que el día, la espalda de Jalisco con sus laboratorios de exportación clandestina, la costilla baja donde Tijuana mira a San Diego con ojos de perro bravo.

Si uno supiera leer desde arriba vería los ríos subterráneos que son las rutas, las manos callosas que son los operadores, y los oficios del crimen como profesiones heredadas: el que cuida, el que cobra, el que lava, el que negocia, el que dispara, el que consigue papeles, el que habla por todos y el que no habla jamás.

Vería, por ejemplo, a Kevin Gil Acosta y a Martín Zazueta, la escolta mayor de los Chapitos, sombras que aprendieron a caminar en fila y a dejar siempre una salida abierta; vería a Chubeto, Jesús Humberto Limón, equilibrista entre Los Cazadores y la lealtad férrea a los hijos de Guzmán, puente de fierro que nunca se cae pero siempre se queja; vería a José Guadalupe, Lupe Tapia, empujando la mercancía de El Mayo hacia la frontera como quien conduce agua por su cauce; a Inés Enrique, el Kiki, jefe de seguridad, recordándonos que la ley, en la sierra, primero son los hombres y luego las palabras; y, a contrapelo del mapa, a Héctor Eduardo Infante, curtido con Los Rusos, enredando el alambre como quien hace nudos marineros al filo del acantilado.

Abajo, en el Pacífico, un corrido hablaba del Flaquito, Pablo Edwin Huerta, que hacía de Tijuana una mesa de billar y de cada esquina un tiro de fantasía; el coro se empalmaba con el de Chacho, Luis Raúl Castro, que secuestró a un gringo y sostuvo la ciudad como si una vida fuera palanca para mover un mundo; y un verso más pedía al Chavo Félix, Juan Carlos Félix Gastélum, que aparta mesa en la Sierra Madre y se gana el parentesco de El Mayo no solo por sangre, también por oficio. En esos tonos graves aparecía Leobardo García Corrales, amigo y socio de Guzmán, nombre que en el norte se dice en voz baja, contraseña vieja que todavía abre puertas.

El pasado tomó asiento como pasajero de cortesía. Se acomodó el Chango, José de Jesús Méndez, fundador de La Familia, el que prometió sacar a Los Zetas de Michoacán a punta de moral torcida y fusiles nuevos; entró La Tuta, Servando Gómez, predicador de plazas, maestro a su modo, cobrador de diezmos y licencias de sangre; se arrimó el Compa Playa, Itiel Palacios, operador de Oaxaca y Veracruz que leyó la costa como tablero donde cada puerto es un alfil; tomó nota Carlos Algredo Vázquez, químico conspirador con el CJNG, oficio rentable, cielo nublado; y se sentó, sin pedir permiso, Abigael González Valencia, el Cuini, contador de manos dulces, capaz de convertir toneladas en columnas que cuadran.

Siguieron Carlos Alberto Monsiváis, la Bola, segundo del CDN, sobrino en herencia y en estilo; Alfredo Rangel, Chicles, comisionado de Z40, hombre sin papeles; Rodolfo López, el Nito, jefe de plaza con quinientos mil dólares doblados en la esperanza de comprar la puerta abierta; José Rodolfo Villarreal, el Gato, la mira puesta en un abogado texano y una página garantizada en los archivos del norte; y Abdul Karim Conteh, tráfico de personas con pasaportes distintos, migración como negocio, recibos en dólares, las maletas llenas de miedo contable.

A media altitud, en la cabina, el custodio de manos anchas —nacido al pie del Golfo— recordó la mañana en que Matamoros amaneció con gringos secuestrados y el mundo miró la ciudad como si fuera un noticiero en vivo; un agente del otro lado, gorra sin logotipo, respondió que allá todo tiene expediente, incluso la sangre.

Luego guardaron silencio: hay silencios que son pactos de caballeros. En ese pacto no dicho creció la sombra del Viceroy, que aprendió a pilotar silencios desde que su hermano llenaba el aire con zumbidos; la del Mencho, que entendió antes que muchos que el futuro no son cargamentos aislados sino redes con margen de maniobra; y la del Mayo, paciente, cocinero viejo que deja el fuego bajo y espera a que el guiso espese.

Cada sexenio asomó como estación de tren vista de reojo. Calderón pasó con uniforme invisible y dientes apretados, recordando al Lucky como trofeo de vitrinas; Peña Nieto dejó la estela de La Tuta y Z42 colgadas como medallas ganadas en juegos televisados; López Obrador estampó la paradoja de los abrazos con una letanía de traslados de madrugada; y detrás, con calendario nuevo, siguieron las entregas, veintinueve una noche, veintiséis otra, como si el cielo fuera carril preferente de un puente sin retorno.

En todas las estaciones el país sonó a ferrocarril que no se detiene: cae un jefe, otro alista la corbata; se pierde un operador, otro aprende la ruta; arde una plaza, otra crece a la sombra. El río —ese río que describen los viejos como criatura empeñosa— encuentra su cauce, con terquedad de agua.

Los del Hércules no pensaron en política. Pensaron en listas, llamadas que no devolvieron, favores cobrados por adelantado. Socialitos repasó maletines, cafés de hotel, cuentas que se redondean antes del mediodía; el Güerito escuchó la carcajada en estéreo de Jesús, Alfredo, Ovidio e Iván el día que estrenaron apellido como si fuera traje nuevo; Tony Montana recordó la mesa inclinada de Tepalcatepec, donde el olor a guayaba se mezcló con pólvora; Z40 repasó decisiones entre vidas como quien decide entre rutas; Z42 cargó el filo de heredar un reino hambriento; el Viceroy vio la pista a oscuras que se quedó sin señal y transformó una biografía en rumor. La Kena pensó en Matamoros como en novia impuntual; el Vaquero, en la nómina municipal como enfermedad; el Compa Playa, en geografía memorizada —bahías, islas, lenguas de agua—; el Gato, en Southlake y en cómo los patios mansos también saben crujir.

Abajo, mientras el avión seguía su trazo, un taller de Tijuana —que lava más autos que culpas— bajó la cortina antes del saludo de los noticieros; en Culiacán, una boda vibró con una tuba gorda y alguien pidió, sin ironía, el corrido del Flaquito; en una loma de Michoacán, un viejo que fue halcón y ahora vende gasolina enseñó a su nieto el punto exacto por donde cruzaban las camionetas, y leyó en esos ojos algo que no supo si era hambre o admiración; en Tamaulipas, la brisa —mitad sal, mitad diésel— pegó en la ventana de una sala con retrato de graduación y sonrisa limpia, como de otro país.

El negocio del norte tiene reglas de plomo y liturgia de oficina. Pactos en restaurantes donde el hielo choca contra vasos de cristal; negocios cerrados en bodegas con lámparas desnudas; traiciones susurradas en moteles de carretera; corridos compuestos esa misma noche, desinfectados al amanecer. Aquí todo vale por dos: la palabra y el arma, el brindis y la mirada, el secreto y el recibo. Quien entra por ambición aprende pronto la tabla de la supervivencia: no preguntes por qué, pregunta cuándo; no digas quién, di cuánto; no jures nada, cumple todo.

Las canciones fueron actas notariales antes que poemas. Le dieron apodo a los hombres y geografía a los pecados. Los trombones anunciaron ascensos, los requintos firmaron treguas, las tubas subrayaron caídas. Un corrido puede absolver a un caído o condenar a un traidor: la diferencia la pone el patrocinio.

Por eso la madrugada olía a ensayo general: en algún estudio humilde, un cantante sin sueño buscaba rimas para “Vuelo de los que no regresan”; en otro, un productor probaba la mezcla “alas de plomo” con “pista del diablo”. Y mientras, el aparato legal del norte acechaba con su propia música: EDNY, SDNY, D.D.C., SDTX, SDCA… siglas que suenan como percusiones frías en una partitura de mármol.

El Hércules tocó pista con esa caricia brutal de los aterrizajes cuando la nube está baja. La maquinaria del otro lado —hambrienta de orden— dispuso cajas, fiscales, juzgados, distritos, como si formaran provincias de un imperio veterano. Cada nombre encontró su oficina. Algunos sabían de memoria su destino, como si lo hubieran visto en sueños, o en una carta que nunca se atrevieron a leer. Bajaron sin palabras. El ruido de las cadenas fue la única oración.

Pero el relato no termina con motores apagados. Porque el crimen tiene memoria de agua y la justicia, paciencia de piedra. En los días siguientes, cada plaza reacomodó sus muebles: una llamada a Jalisco revalidó lealtades, otra a Sinaloa afinó rutas, otra a Nuevo León barajó los mandos del CDN.

Los contadores escondieron calculadoras y abrieron libretas; los jefes de sicarios ajustaron nóminas con la frialdad de un capataz de ingenio; los viejos mediadores desempolvaron el diccionario de la tregua. Hubo misa en algún panteón, fiesta discreta en alguna quinta, velorio sin cuerpo en una casa con sillas plegables.

Alguien preguntó por qué caben tantos nombres en un solo vuelo. La respuesta no cabe en una sola línea: porque el crimen tiene organigrama de empresa y espíritu de hormiguero; porque las rutas son tuberías enterradas y cada sexenio decide si manda agua limpia o sucia; porque los apodos son uniformes de una misma fábrica; porque las familias sostienen negocios como sostienen herencias.

El Mayo es un modo de administrar el tiempo, los Chapitos un modo de administrar el miedo, el Mencho una franquicia del pragmatismo, los Zetas un manual de choque, el Golfo una aduana con espiritrompa, Beltrán Leyva una escuela de contadores armados, Juárez un aeropuerto con recuerdos, La Familia–Templarios una teología de parroquia incendiada.

El corrido no se canta para absolver, se canta para recordar. Recuerda que hubo un día —no tan lejano— en que Roberto Salazar cargó con la muerte de un sheriff y dejó una cicatriz que todavía duele en el mapa de Los Ángeles; que la Kena tuvo su minuto de prime time cuando Matamoros se volvió palabra internacional; que el Nito ofreció quinientos mil dólares como si la libertad se comprara en ventanilla; que Chicles fue la voz sin papel del Z40; que Conteh convirtió la desesperación humana en casa de cambio; que Kevin y Zazueta blindaron a los Chapitos como si resguardaran un banco; que el Durango, José Bibiano, envió sicarios en cuadrillas como si cosecharan; y que el Kiki —no el agente, el guardaespaldas— supo poner el cuerpo donde la bala no debía pasar. Recuerda que el Gato olió a Texas, el Chango a predicación y machete, la Tuta a sermón de radio, el Vaquero a corral con puertas a la calle, el Güerito a oficina de aire muy frío, y Socialitos a alfombras gruesas donde los pecados rebotan sin ruido.

La moraleja, si alguien la busca, no está en el cielo. Allí solo hay rutas, motores que arrancan cuando toca, listas impresas sin gravedad. Lo único que deja señal es el humo, y el humo dura lo que un suspiro. En tierra, en cambio, quedan las pistas: un corrido nuevo en YouTube, un fiscal con ojeras, un juez que programa audiencias como quien pone la mesa, un periodista que aprende a escribir sin adjetivos, un policía que se quita el reloj antes de entrar, una madre que apaga la luz temprano porque en su calle la noche cobra impuestos.

Queda la aritmética de los que se fueron y los que quedan, y el rumor —única industria sin crisis—: dicen que el jaguar subió sin hacer sombra, que los Zetas entraron sin mirar atrás, que el Viceroy evitó respirar hondo, que Tony Montana apretó los puños, que el Güerito volvió a contar una transferencia, que Socialitos se preguntó si en Chicago hace frío en noviembre; dicen que en agosto hubo otro vuelo con otros hombres de los mismos; y que el cielo no se sorprendió, porque el cielo no aprende nombres.

Cuando el Hércules quedó quieto, un viento de hangar barrió el cansancio y dejó en el piso un puñado de polvo que no era de pista sino de camino, como si los zapatos trajeran pegadas las plazas. Un teniente joven —la piel todavía limpia del sol de la sierra— se agachó, tomó una pizca y la dejó caer. “Lo que se nos escapa”, murmuró. Y tenía razón: lo que se escapa sostiene la novela; lo que no llega a la foto, lo que no cabe en el boletín, lo que no alcanza portada. Lo que se escapa es el país.

Por eso esta crónica no termina. Solo baja la voz para que los ojos descansen. Mañana, en otro hangar, alguien pasará lista y el custodio de manos grandes repetirá su chiste del palenque sin cantantes. Mañana, en otra cantina, un corrido añadirá un verso y borrará un apellido por pudor o miedo. Mañana, en una oficina de aire condicionado, un fiscal dirá “Your Honor” y el nombre que aquí aprendimos con alias.

Mañana, en un patio de tierra, un niño oirá a lo lejos la tuba y no sabrá si lo llama la música o la desgracia. Y pasado mañana, cuando toque, otro avión abrirá las fauces, y los que suban sentirán que pisan charcos de pasado, y los que miren desde lejos creerán que por fin se cerró el capítulo, sin saber —como lo sabe la tuba que retumba en la sierra— que en esta historia todo regresa, como la marea, como la grava del río, como el polvo que volvió a caer de los dedos del teniente. Porque el norte y el infierno, aquí, comparten pista, y en ninguno de los dos lugares alguien se toma la molestia de preguntar si hay regreso.

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