Seferino Selva

La locura siempre ha sido un problema para quienes necesitan que el mundo permanezca ordenado.

Por eso la persiguen.

La clasifican.

La diagnostican.

La encierran.

La corrigen.

La ridiculizan.

Lo que pocas veces reconocen es que toda transformación profunda comenzó pareciendo una forma de locura.

Alguien tuvo la locura de cruzar un océano.

Alguien tuvo la locura de imaginar una obra de arte dentro de un bloque de piedra.

Alguien tuvo la locura de creer que podía volar.

Alguien tuvo la locura de escuchar una voz interior más fuerte que la opinión colectiva.

Y alguien tuvo la locura de creer que una selva podía enseñarle más sobre la vida que gran parte de la civilización moderna.

Seferino Selva en Akalki

Por eso, cada vez que pienso en Akalki, a la orilla de la laguna de Bacalar, pienso menos en un lugar y más en una declaración de principios.

Porque Akalki no nació de una inversión.

No nació de una estrategia.

No nació de una tendencia.

Nació de una sospecha.

La sospecha de que la naturaleza todavía tiene cosas que decirnos.

La sospecha de que la inteligencia no vive únicamente dentro del cerebro humano.

La sospecha de que hemos confundido información con sabiduría.

La sospecha de que una selva puede ser una maestra.

Y en medio de esa sospecha aparece Seferino Selva.

No como protagonista.

No como dueño.

No como conquistador.

Aparece como aparecen ciertos personajes en los relatos antiguos: como alguien que ha pasado demasiado tiempo escuchando una voz que los demás dejaron de escuchar.

Hay hombres que conocen el precio de la tierra.

Seferino parece conocer su temperamento.

Hay hombres que estudian los ciclos agrícolas.

Seferino parece estudiar los estados de ánimo de la vida.

Hay hombres que observan una semilla y ven alimento.

Él observa una semilla y parece ver una promesa, una memoria y una posibilidad ocurriendo al mismo tiempo.

Quizá por eso resulta tan difícil describirlo utilizando categorías modernas.

Las categorías modernas son demasiado pequeñas.

Vivimos rodeados de especialistas.

Especialistas en finanzas.

Especialistas en productividad.

Especialistas en crecimiento.

Especialistas en optimización.

Pero la selva nunca ha producido especialistas.

La selva produce relacionistas.

Todo en ella está conectado con todo.

Nada existe aislado.

Nada prospera solo.

Nada sobrevive imponiéndose durante demasiado tiempo.

La selva es una gigantesca negociación biológica entre millones de formas de vida.

Una conversación que lleva millones de años ocurriendo.

Una democracia vegetal infinitamente más antigua que cualquier sistema político.

Una red donde cada especie aporta algo y recibe algo.

Una inteligencia colectiva tan compleja que la ciencia todavía intenta comprender apenas una pequeña parte de su funcionamiento.

Y ahí es donde comienza la verdadera locura.

Porque mientras nuestra cultura insiste en colocar al ser humano en el centro de todo, la selva propone exactamente lo contrario.

La selva no reconoce protagonistas.

Reconoce relaciones.

No reconoce jerarquías absolutas.

Reconoce interdependencias.

No reconoce dueños.

Reconoce participantes.

Y Seferino parece haber sido transformado por esa visión.

No porque la haya estudiado.

Sino porque la ha vivido.

Porque hay conocimientos que entran por los libros y otros que entran por la piel.

Hay conocimientos que se aprenden leyendo y otros que se aprenden observando una temporada completa de lluvias.

Hay conocimientos que nacen en las universidades y otros que nacen viendo cómo una raíz encuentra agua donde parecía imposible encontrarla.

Sospecho que Seferino pertenece a esta última escuela.

La escuela de quienes aprenden directamente de los procesos vivos.

La escuela de quienes entienden que una selva no es un paisaje.

Es una conciencia.

No una conciencia individual como la humana.

No una conciencia encerrada dentro de un cuerpo.

Sino una conciencia expandida.

Distribuida.

Compartida.

Respirando simultáneamente a través de miles de especies.

Manifestándose mediante millones de relaciones invisibles.

Y cuando uno comienza a mirar la vida desde ahí, muchas certezas empiezan a derrumbarse.

La idea de control comienza a parecer infantil.

La obsesión por la velocidad comienza a parecer neurótica.

La necesidad permanente de crecimiento comienza a parecer una adicción.

La competencia deja de parecer una ley natural y comienza a parecer una invención cultural.

Entonces entiendes algo que la selva siempre supo.

La abundancia no surge cuando una especie gana.

La abundancia surge cuando todas encuentran una forma de coexistir.

Quizá por eso caminar con Seferino por Akalki produce una sensación difícil de explicar.

No es la sensación de estar aprendiendo sobre agricultura.

Ni sobre ecología.

Ni siquiera sobre sustentabilidad.

Es la sensación de estar presenciando una conversación antigua entre la tierra y un ser humano que decidió escuchar.

Y escuchar, en estos tiempos, es una forma extraordinaria de rebeldía.

Porque escuchar implica renunciar al protagonismo.

Implica aceptar que existen inteligencias más antiguas que la nuestra.

Implica reconocer que la vida no comenzó cuando llegamos nosotros.

Implica comprender que la laguna de Bacalar ya conocía el reflejo del cielo mucho antes de que inventáramos la palabra belleza.

Implica aceptar que las raíces ya sabían cooperar mucho antes de que inventáramos la palabra comunidad.

Implica sospechar que la tierra ha estado intentando enseñarnos algo durante siglos y que nosotros hemos estado demasiado ocupados hablando para escuchar.

Por eso cada vez me interesa menos la pregunta de qué está cultivando Seferino.

Y cada vez me interesa más otra.

¿Qué clase de ser humano emerge cuando pasa suficientes años dialogando con una selva?

Porque tal vez la respuesta sea él mismo.

Un hombre que parece haber intercambiado parte de sus certezas por asombro.

Parte de su control por confianza.

Parte de sus respuestas por observación.

Y que, sin proponérselo, termina recordándonos algo que la modernidad olvidó hace mucho tiempo:

que la vida no es una máquina diseñada para obedecernos.

Es una inteligencia inmensa, antigua y misteriosa de la cual apenas somos una expresión pasajera.

Y quizá la verdadera locura no sea creer que una selva tiene algo que enseñarnos.

Quizá la verdadera locura haya sido creer, durante tanto tiempo, que nosotros éramos los únicos maestros.

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