Starbucks, mediodía. Monterrey hirviendo allá afuera, pero adentro el clima está como de oficina en Toronto. Frío artificial que no engaña a nadie. El local está hasta el gorro: godínez, universitarios wannabe creativos, señoras con leggins de guerra. Huele a café, leche vegetal y ansiedad.
Él entra primero. Coreano, tal vez. Gorra baja, hoodie gris claro aunque afuera se esté friendo el mundo. Jeans. Tenis blancos. Silencio. La fórmula del que no quiere llamar la atención. Ella entra detrás. Mexicana. Norteña. Trae fuego en la piel y hambre en los ojos. Top negro. Espalda al aire. Boca delineada como pecado. Es Nikita con acento regio. Lo ve, lo alcanza. No hablan mucho. No necesitan.

Piden en la barra. Ella elige una bebida de esas que parecen diseñadas por brujas veganas: matcha, espuma de coco, shot de lavanda o algo igual de absurdo. Él pide lo básico. Americano. Sin azúcar. Sin historia.
Ella señala la terraza. Quiere sol. Necesita que el mundo la vea. El calor no le importa. Lo domina. Lo provoca.
Él espera las bebidas. Mira cómo giran los vasos en manos de la barista con uñas verdes. Un pitido. Dos vasos listos. Él los toma con cuidado. Camina hacia la terraza, pasos medidos, equilibrio mental.
Pero entonces pasa.
El viento, una puerta mal puesta, el karma. Algo. El vaso más complicado, el de ella, se inclina. En cámara lenta. Splash. Directo en sus jeans. Verde matcha sobre mezclilla clara. Manchón humillante. Tóxico. Un hechizo mal lanzado.
Ella se queda quieta. Ojos abiertos. Boca apretada. No grita. No llora. Pero algo en su mirada dice “esto cambia todo”.
Él no dice nada. Solo da media vuelta y va por servilletas. Muchas. Como si el papel pudiera absorber el destino.
Una señora en la mesa de al lado mira la escena. Le ofrece un pañuelo. Ella no responde. No puede. Está herida. No en la pierna. En el ego. En la narrativa. En la idea de lo que este mediodía debía ser.
Él vuelve con las servilletas. Intenta limpiar. Ya es tarde. Ella lo esquiva. Se mete al baño como quien entra al confesionario. Él se queda de pie. Con un vaso nuevo, cortesía del barista que todo lo vio. Dos vasos en la mesa. Una silla vacía.
Ella ya no está. Quizá sigue adentro. Quizá ya se fue. Quizá nunca debió venir.
Él se sienta. Cabeza gacha. Mira los vasos. Uno manchado. Otro intacto. Nadie le dice nada. Pero varios lo vieron todo. Monterrey tiene ojos.
Él Suspira. Piensa. 또한 지나가리라. «Ttohan jinagarira» Esto también pasará.
Pero a veces no pasa. A veces se queda. Como mancha en mezclilla.


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