La otra Andrómeda

Los túneles que corren debajo de la piel de la Región Carbonífera deberían llevar el nombre de los hombres que los recorren todos los días, porque si algo he aprendido en estas tierras es que la verdadera geografía no la dibujan los mapas sino las vidas que se dejan pedazos de sí mismas en cada descenso, en cada jornada, en cada viaje hacia un subsuelo donde la luz deja de ser una certeza y el regreso apenas una posibilidad razonable.

Aquí la historia no se cuenta en los libros ni se conserva en los archivos. Aquí la historia baja y sube todos los días dentro de una mole de acero a la que llaman el bote, un nombre tan doméstico y tan inofensivo que resulta casi ofensivo para quien lo mira de cerca y descubre que se trata de una enorme olla metálica suspendida sobre un agujero capaz de tragarse edificios completos. Ahí se acomodan los hombres. Ahí depositan sus cuerpos. Ahí dejan también sus miedos mientras el cable comienza a soltarse y la tierra los va devorando lentamente hasta desaparecerlos de la vista.

Los abuelos bajaron en ese bote. Después bajaron los padres. Más tarde los hijos. Y si uno presta atención al relato colectivo de esta región descubre que el carbón no sólo ha sido una actividad económica sino una forma de herencia, una especie de apellido mineral que pasa de generación en generación con la misma naturalidad con la que en otros lugares se heredan parcelas, negocios familiares o viejas fotografías.

Mientras observo el movimiento incesante alrededor del pozo, mientras el olor del carbón comienza a instalarse en la ropa y en los pensamientos con una eficacia que ninguna lavadora consigue derrotar, recuerdo inevitablemente aquella mina abandonada que Rulfo colocó en las entrañas de Media Luna. Pienso en la Andrómeda. Pienso en Bartolomé San Juan obligando a Susana a descender a los huecos de la tierra para perseguir riquezas que siempre parecían encontrarse un poco más abajo. Pienso en Comala y descubro que las minas tienen algo de pueblo fantasma incluso cuando están llenas de vida, porque cada descenso carga consigo una pequeña conversación con la muerte.

No ayuda demasiado saber que Coahuila continúa siendo uno de los grandes productores de carbón del país. Tampoco ayuda recordar que más de setenta explotaciones mineras siguen horadando esta región. Los números son útiles para los informes, para los discursos oficiales y para los expertos en energía, pero aquí abajo los números pierden rostro y lo que permanece son las personas. Los hombres que entran. Los hombres que salen. Los hombres que a veces no regresan.

Resulta extraño pensar que desde esta tierra negra sale parte del combustible que durante décadas ayudó a iluminar ciudades enteras, a mover industrias gigantescas y a sostener la vida moderna tal como la conocemos, mientras al mismo tiempo se acumulan las advertencias sobre el papel que el carbón ha jugado en la crisis climática global. Sin embargo, esas discusiones que ocupan auditorios internacionales y conferencias especializadas parecen pertenecer a otro planeta cuando uno está frente a un minero que simplemente intenta regresar vivo para cenar con su familia.

Fue precisamente aquí donde escuché una de esas frases que valen más que cualquier tratado sociológico. Si eres malacatero, huesero o carbonero, me dijo alguien mientras observábamos el ir y venir de los trabajadores, procura no salir enojado de tu casa. Lo dijo sin dramatismo. Sin solemnidad. Como quien comparte una regla elemental de convivencia. Porque nadie sabe si volverá por la tarde.

Y entonces aparece Julián López.

Sesenta y siete años encima. Casi cinco décadas respirando el mismo polvo. Medio siglo entrando y saliendo de las venas de la tierra hasta el punto de que resulta difícil imaginar dónde termina el hombre y dónde comienza la mina. Habla despacio, con esa lentitud que sólo poseen quienes han visto demasiadas cosas para desperdiciar palabras, y mientras acomoda la mirada sobre algún punto perdido del horizonte cuenta que aquí todo está untado de carbón. Lo dice como quien describe una condición atmosférica. Como quien habla de la humedad o del viento.

Todo.

Las calles.

Las casas.

La ropa.

Los pulmones.

La memoria.

Y quizá tenga razón porque en esta región parece no existir demasiado espacio para escapar de aquello que la sostiene. Algunas fábricas han llegado incluso a rechazar trabajadores provenientes de las minas, como si el carbón fuera una marca visible, una especie de tatuaje invisible que los acompaña donde quiera que vayan. Pero aun así los caminos terminan regresando al mismo sitio. Como los ríos que inevitablemente buscan el mar. Como las historias que inevitablemente regresan a su origen.

Ahora mismo, frente al pozo de La Agujita, las familias cumplen cinco días atrapadas en una espera que parece no tener reloj. La inundación sorprendió a quince trabajadores. Cinco lograron escapar. Los demás quedaron allá abajo, en algún punto donde la esperanza y la desesperación se disputan cada minuto.

Las carpas improvisadas se han convertido en pequeñas extensiones de hogar. Ahí se duerme. Ahí se llora. Ahí se reciben noticias. Ahí se aprende que la incertidumbre puede convertirse en una forma de vida cuando se prolonga demasiado tiempo.

Algunos familiares han dejado de hablar con los medios. Otros responden apenas lo indispensable. No porque les falten palabras sino porque el dolor también se cansa de repetirse. Porque llega un momento en que ciertas preguntas dejan de buscar respuestas y comienzan a parecer invasiones. Porque hay periodistas que todavía entienden el oficio y otros que parecen perseguir clics con la misma desesperación con la que estas familias persiguen noticias.

Y, sin embargo, junto a la tragedia florece algo que resulta imposible ignorar.

Llegan vecinos con comida recién hecha. Llegan mujeres cargando recipientes calientes. Llegan hombres descargando catres. Llegan cajas de leche para los niños. Llegan personas que no conocen personalmente a las familias y aun así encuentran alguna manera de ayudar. También llegan políticos, funcionarios, representantes y operadores que distribuyen apoyos mientras calculan fotografías. Así ha sido siempre en México: la solidaridad auténtica y la promoción personal suelen compartir escenario aunque no hablen el mismo idioma.

Pero dentro de la llamada Zona Cero ocurre algo distinto. Ahí no llegan discursos. Llegan carboneros. Hombres de otras minas que conocen perfectamente el significado de un derrumbe, de una inundación o de una explosión. Hombres que entienden el miedo porque alguna vez lo escucharon respirar detrás de ellos en la oscuridad. Hombres que aparecen para trabajar sin necesidad de explicaciones.

Y fue observándolos cuando comprendí algo que probablemente debería estar escrito en la entrada de cada mina de este país: cuando rescatas a alguien, también rescatas una parte de ti mismo.

Tal vez por eso las horas siguen avanzando sin que la fe termine de agotarse. Tal vez por eso nadie abandona del todo la esperanza. Porque en esta tierra donde el carbón se mezcla con la sangre, con la historia y con la memoria, todavía existe la certeza obstinada de que no todo está escrito. De que aún quedan nombres por volver a la superficie. De que aún quedan heridas por cerrar. De que la Región Carbonífera, después de tantas pérdidas acumuladas durante generaciones, sigue buscando la manera de rescatar algo más que a sus mineros: sigue buscando rescatarse a sí misma.

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