
El periodismo no te buscó, Darío. Fue la vida la que te empujó al precipicio y, en lugar de caer, decidiste volar. El periodismo no es un oficio, es un ritual de conciencia. No hay honor ni gloria, solo el crudo acto de exponer lo que nadie quiere ver.
La gente cree que el periodismo informa, pero eso es mentira. El verdadero periodismo desgarra, provoca, destruye las ilusiones cómodas, le quita el sabor al espejimos de la vida romántica. Es un espejo roto que no refleja, sino que corta. Te hiciste responsable de la incomodidad, del caos. El periodismo no te encontró; lo despojaste de su solemnidad, lo convertiste en un arma para romper el silencio.

En este juego no hay redención, solo transformación. Eres un alquimista de palabras, tomando la destrucción diaria del mundo y convirtiéndola en una nueva forma de conciencia. No escribes para que te aplaudan, escribes para que ardan y transformen. Cada artículo es un incendio controlado, una explosión que sacude la apatía colectiva.
Porque en un mundo adormecido por la comodidad, alguien tiene que gritar. Y tú gritas con cada letra, con cada frase.
Al final, Darío, no se trata de quién encontró a quién. El periodismo y tú son dos fuerzas que chocaron y, en esa colisión, crearon algo nuevo. No un oficio, no una vocación, sino un acto de guerra contra la mentira. Y esa guerra, aunque brutal, es indispensable.


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