el coleccionista de preguntas

Entonces apareció Jaime.

No llegó como llega la gente que tiene algo importante que demostrar. No traía el paso acelerado de quien carga una agenda. No transmitía la ansiedad de quien teme perder tiempo. Caminaba con la serenidad de alguien que parece haber hecho las paces con el reloj hace muchos años. No era lentitud. Era otra cosa. Una forma distinta de relacionarse con el tiempo. Como si cada trayecto mereciera ser recorrido y no simplemente atravesado.

Nos sentamos bajo la palapa y durante los primeros minutos tuve la impresión de que estaba frente a alguien que observa incluso mientras habla. Hay personas que contestan preguntas antes de que termines de formularlas. Jaime hace algo diferente. Escucha. Hace una pausa. Mira hacia algún punto impreciso. Regresa. Como si antes de responder necesitara visitar un lugar interno donde las ideas todavía no tienen forma definitiva. No hay espectáculo en ese gesto. No hay pose. Más bien da la impresión de que algunas respuestas necesitan caminar unos metros antes de decidir aparecer.

La conversación comenzó en un sitio y terminó en muchos otros. Como suelen hacerlo las conversaciones verdaderamente interesantes. Hablábamos de símbolos y de pronto aparecían animales. Hablábamos de animales y terminábamos hablando de culturas antiguas. Hablábamos de culturas antiguas y surgían preguntas sobre la observación, sobre la imaginación, sobre la extraña necesidad humana de dejar señales escondidas en piedras, templos, esculturas o relatos para que alguien, siglos después, intentara descifrarlas.

Fue entonces cuando ocurrió una de las escenas más reveladoras de la mañana.

Jaime tomó su iPad.

Lo hizo con la naturalidad de quien está por mostrar una fotografía familiar o alguna imagen reciente de la laguna. Pero lo que apareció en la pantalla era otra cosa. Una especie de archivo imposible. Una colección construida durante años de curiosidad paciente. Miles de imágenes. Literalmente miles. Jaguares tallados en piedra. Serpientes emplumadas. Rostros antiguos. Relieves encontrados en quién sabe qué museo. Patrones geométricos. Grabados. Esculturas. Símbolos repetidos en culturas separadas por océanos enteros. Fotografías tomadas durante viajes. Capturas guardadas durante madrugadas de investigación. Animales. Alas. Soles. Espirales. Fragmentos de templos. Figuras que parecían dialogar entre sí aunque hubieran nacido a miles de kilómetros de distancia y con siglos de diferencia.

Lo fascinante no era la colección.

Era la manera en que la recorría.

No avanzaba por las imágenes como quien exhibe un tesoro. Tampoco como quien presume conocimiento. Las observaba con la familiaridad de quien vuelve a visitar viejos amigos. Detenía el dedo sobre una fotografía. Contaba una historia. Relacionaba un símbolo con otro. Saltaba de una cultura a la siguiente. Encontraba una conexión inesperada. Después aparecía un animal. Luego una piedra. Después un patrón geométrico. Y de pronto el mapa entero comenzaba a desplegarse frente a uno.

En algún momento dejé de mirar las fotografías.

Empecé a observar a Jaime.

Porque comprendí que el verdadero archivo no estaba dentro del iPad.

Estaba dentro de él.

Las imágenes eran apenas puertas.

Lo interesante era la red invisible de relaciones que había construido entre todas ellas.

Hay personas que acumulan datos.

Otras acumulan experiencias.

Jaime parece acumular relaciones entre cosas aparentemente inconexas.

Un jaguar termina conectado con un templo.

Un templo con una leyenda.

Una leyenda con un símbolo.

Un símbolo con una observación hecha durante una caminata.

Y una caminata con alguna conversación olvidada que vuelve a aparecer años después para ocupar el lugar exacto que necesitaba ocupar.

Mientras tanto la mañana seguía avanzando sobre Akalki. La luz cambiaba de posición. La laguna modificaba lentamente sus reflejos. El viento entraba por los costados de la palapa transportando ese olor imposible de describir que tienen los lugares donde el agua, la madera y la vegetación han convivido demasiado tiempo.

Entonces apareció otra escena.

La comida.

Porque ninguna crónica verdadera debería privarse del derecho a observar los detalles aparentemente insignificantes. Son los detalles los que terminan contando la historia que las palabras no alcanzan a explicar.

Alguien acercó salsa.

Y fue entonces cuando descubrí que Jaime mantiene una relación diplomáticamente complicada con el picante.

No una enemistad abierta.

No una guerra declarada.

Algo más parecido a un tratado de no agresión cuidadosamente negociado. Observa las salsas con respeto. Las reconoce. Las honra. Pero mantiene una distancia prudente. Como quien sabe exactamente dónde termina la curiosidad gastronómica y dónde comienza el territorio del sufrimiento innecesario.

La escena provocó risas.

Y también reveló algo.

Porque mientras muchas personas construyen personajes, Jaime parece empeñado en permanecer humano. Sin necesidad de fabricar una versión más interesante de sí mismo. Sin necesidad de adornar la realidad. Con la tranquilidad de quien no necesita convertirse en protagonista de la historia para disfrutar la conversación.

Quizá por eso la charla se fue volviendo cada vez más extraña.

No extraña en el sentido extravagante.

Extraña en el mejor sentido posible.

Como esas conversaciones donde uno comienza hablando de un tema y termina preguntándose por asuntos mucho más grandes.

¿Qué hace que un símbolo sobreviva durante miles de años?

¿Por qué ciertas formas reaparecen una y otra vez en distintas culturas?

¿Qué estaba observando alguien que decidió grabar un jaguar en piedra hace siglos?

¿Era un animal?

¿Era una metáfora?

¿Era una puerta hacia algo más?

Mientras escuchaba a Jaime recorrer esas preguntas tuve la sensación de que la mayoría de nosotros hemos olvidado una capacidad fundamental. No la capacidad de responder. La capacidad de permanecer suficiente tiempo dentro de una pregunta.

Porque vivimos obsesionados con llegar.

Llegar a una conclusión.

Llegar a una opinión.

Llegar a una certeza.

Y quizá algunas de las cosas más interesantes del mundo aparecen precisamente cuando dejamos de correr hacia la respuesta.

La mañana terminó mucho después de que el reloj dijo que debía terminar.

Las mejores conversaciones siempre hacen eso. Alteran discretamente la percepción del tiempo. Uno cree que estuvo hablando una hora y descubre que fueron cuatro. Cree que estaba entrevistando a una persona y descubre que estaba recorriendo un paisaje mental. Cree que estaba escuchando respuestas y termina regresando con nuevas preguntas.

Cuando nos levantamos de la mesa, la laguna seguía ahí. Los árboles seguían ahí. La selva continuaba haciendo su trabajo silencioso e interminable. Jaime caminó por uno de los senderos con la misma calma con la que había llegado horas antes, mientras yo me quedaba pensando en una sospecha que no me abandonaría el resto del día.

Tal vez hay personas que dedican su vida a encontrar respuestas.

Y tal vez existen otras que desarrollan un oficio más extraño.

El oficio de conservar vivas las preguntas que todavía valen la pena.

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