La sangre de Beto debe ser muy amarga cuando se mezcla con la hostia consagrada que se mete a la boca. A él le fascina presumir cosas así. Le encanta —por ejemplo— mostrar que es una suerte de mediador celestial.
Y no importa que para lograrlo tenga que visitar a un experto en tatuajes para pedirle un “branding” (que le quemen la piel) para simular “estigmas sangrantes” en ambas manos. Total, los “estigmas” —pensaría este muchacho— son cosas de Dios.

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